Que en el fútbol moderno y la FIFA algo olía a podrido era algo que ya teníamos claro desde hacía mucho tiempo. Desde la polémica designación de países anfitriones como Qatar en 2022 o Arabia Saudí en 2034, habíamos visto cómo el organismo rector del fútbol priorizaba sistemáticamente los intereses geopolíticos y comerciales sobre el espíritu deportivo. Sin embargo, cuando parecía que no podíamos alcanzar mayor nivel de cinismo y despropósito, llegó el «Caso Balogun» en el Mundial 2026 y superó cualquier expectativa.
Lo que vivimos durante aquel torneo no fue solo un error; fue la constatación de que el fútbol había sido secuestrado por los intereses políticos, convirtiendo el terreno de juego en un tablero de ajedrez donde las reglas cambiaban según quién levantara el teléfono.
Folarin Balogun: la víctima colateral
Es fundamental hacer un inciso aquí: esto no es, en absoluto, un ataque contra Folarin Balogun. El joven delantero cuajó una actuación brillante en el Mundial, sumando tres goles que demostraron su innegable calidad y su capacidad para liderar el ataque estadounidense.
Balogun vivió el sueño de cualquier futbolista, y fue una lástima que su talento quedara eclipsado por una maniobra en la que él no tuvo ni voz ni voto. Al final, el jugador se convirtió en la cara visible de una mafia institucional; él solo quería jugar, competir y marcar goles. La responsabilidad de aquel circo no fue suya, sino de quienes, desde los despachos, utilizaron su figura para alimentar su ego político.
La expulsión de Balogun
Todo comenzó en el encuentro de dieciseisavos de final contra Bosnia y Herzegovina. Balogun vio la cartulina roja directa tras una entrada que dejó poco margen a la duda: una acción peligrosa, con contacto duro sobre el tobillo del rival, ratificada tras una revisión protocolaria del VAR. Lo normal, lo que dictaba el reglamento, era una sanción de un partido. Sin embargo, la lógica deportiva saltó por los aires ante la presión institucional.
Horas después de conocerse el castigo, el escenario cambió radicalmente. Las filtraciones sobre una comunicación directa entre la Casa Blanca y la cúpula de la FIFA pasaron de ser rumores a una realidad bochornosa. Donald Trump no solo no ocultó su intervención, sino que se jactó de ella.
Declaró abiertamente haber hablado con Gianni Infantino para presionar por la retirada de la sanción, tildó la expulsión de «sospechosa» y agradeció públicamente a la FIFA por «hacer lo correcto». ¿Desde cuándo un jefe de Estado decidía quién jugaba los octavos de final de un Mundial? La desfachatez de aquel episodio marcó un antes y un después creando un precedente muy peligroso.

La excusa técnica de la FIFA
La respuesta de la FIFA, lejos de apagar el fuego, lo avivó todavía más. En un intento desesperado por mantener una apariencia de legalidad, el organismo no tuvo la decencia de reconocer una rectificación directa, sino que se escudó en el artículo 27 de su Código Disciplinario. Argumentaron que la suspensión quedaba «en suspenso y a prueba» durante un año.
Fue, sencillamente, una burla. Usar un tecnicismo jurídico para camuflar un favor político fue un insulto a la inteligencia de los aficionados. La FIFA nos dijo, en esencia, que la justicia deportiva era flexible si el jugador era lo suficientemente importante o si la presión política era lo suficientemente fuerte. Se sentó un precedente que abrió la puerta a que cualquier federación poderosa, ante una tarjeta roja inoportuna, pudiera acudir a sus contactos en las altas esferas para «renegociar» el reglamento.
Bélgica alzó la voz frente a la humillación
Mientras todo esto ocurría, la Federación Belga de Fútbol (RBFA) no se quedó de brazos cruzados. Desde el primer momento, denunció la falta de transparencia y la clara vulneración del principio de igualdad. La delegación belga intentó impugnar la decisión por todos los medios, exigiendo explicaciones que, como era de esperar, la FIFA se negó a dar.
«Estamos estudiando todas las opciones posibles para salvaguardar el juego limpio», declaraban desde Bruselas, mientras el ambiente se tensaba hasta límites insospechados. Bélgica llegó incluso a valorar acudir a instancias internacionales, como el Tribunal de Arbitraje Deportivo (TAS), denunciando que la presencia de Balogun en el campo era una afrenta directa contra los derechos legítimos del resto de selecciones. El «portazo» recibido por parte de la FIFA, que se negó en rotundo a revisar su decisión tras el recurso belga, dejó claro que la suerte estaba echada: el organismo ya había decidido quién debía pasar de ronda.
¿A qué estábamos jugando?
Ver a Bélgica enfrentarse a un Estados Unidos que, gracias a un favor político, pudo contar con su mejor futbolista, fue un ejercicio de impotencia absoluta. El fútbol debía ser el escenario donde el talento y el esfuerzo dictaran sentencia, no el patio de recreo de unos pocos dirigentes que olvidaron —si es que alguna vez lo supieron— que el juego limpio era la única razón por la que este deporte era, todavía, el más popular del mundo.
Por suerte, sintiéndolo mucho por los aficionados estadounidenses, el fútbol dictó sentencia y Bélgica se impuso con total claridad en el terreno de juego. Los europeos aniquilaron a Estados Unidos por un contundente 4-1 incluso con Balogun sobre el césped.
Señores de la FIFA: el Mundial fue el evento más grande del planeta, pero con decisiones como esa, lo convirtieron en una parodia. El daño a la credibilidad del máximo estamento del fútbol mundial quedó en entredicho. El deporte rey sobrevivió a muchas crisis, pero la degradación moral que presenciamos tras aquel torneo nos dejó una cicatriz que no será fácil de borrar.
Imagen principal: Balogun disputa un balón en el partido contra Australia del Mundial 2026. Foto: Bryan Berlin / WikiPortraits / CC BY-SA 4.0

Filólogo. Amante del fútbol histórico. El que tuvo la idea de hacer todo esto.




