Tenía solo 15 años cuando el Mundial de España cambió mi vida para siempre. Recuerdo perfectamente la atmósfera en las gradas de El Molinón, donde viví con intensidad los partidos que se disputaron en mi ciudad. Por las calles se respiraba un ambiente único, el de un país que se abría al mundo a través del balón. Mientras en Gijón disfrutábamos de selecciones como Alemania Federal o la sorprendente Argelia, en otras ciudades destacaban figuras como Diego Armando Maradona, que debutaba en la Copa del Mundo, y la de un actor secundario por el que nadie daba un duro: Paolo Rossi. La historia del italiano es un ejemplo de redención que merece ser contada.
El «caso Totonero» que casi acaba con Paolo Rossi
Antes de que Paolo Rossi pisara el césped en España, su carrera parecía haber caído en un pozo sin fondo. En 1980, el fútbol italiano se vio sacudido por el escándalo del Totonero, una red de apuestas ilegales que terminó con el delantero sancionado con tres años de inhabilitación, que más tarde se redujeron a dos. Los plazos eran demasiado justos para llegar a la cita mundialista.
El murmullo en las tertulias futboleras de 1982 era unánime: ¿qué hacía Paolo Rossi en la lista de Enzo Bearzot? Muchos periodistas italianos cargaron contra el seleccionador, tildándole de loco por llevar a un jugador sin ritmo, sin forma y con el estigma de haber sido un supuesto tramposo.
El delantero italiano llegaba al torneo como un hombre cuestionado, un paria que cargaba con el peso de la duda. Sin embargo, Bearzot tenía un plan: sabía que el instinto goleador no se pierde, solo se necesita el escenario adecuado para que despierte. Ese escenario terminó siendo, para nuestra fortuna de los que lo vivimos, el Mundial de España.
Paolo Rossi: Bota de Oro y Balón de Oro
Si algo aprendí en aquel torneo, es que el fútbol no entiende de lógica, sino de estados de gracia. Durante la primera fase, Paolo Rossi parecía un fantasma sobre el césped. Italia caminaba a trompicones, empatando sus tres partidos contra Polonia, Perú y Camerún. El atacante de la Azzurra era invisible, un futbolista que parecía fuera de sintonía y su equipo lo notaba.
Pero entonces llegó el momento de la verdad. En la segunda fase, Italia quedó encuadrada en el «grupo de la muerte» con Argentina y Brasil. Fue ahí cuando Paolo Rossi resurgió de sus cenizas. Su hat-trick ante el Brasil de Zico, Sócrates y Falcao en el estadio de Sarrià no solo eliminó a los máximos favoritos al título, sino que redimió al futbolista de forma definitiva ante los ojos del planeta. No fue suerte, simplemente, el delantero italiano había recuperado su olfato goleador.
A partir de ahí, Paolo Rossi fue imparable. Marcó los dos goles de la semifinal contra Polonia y abrió el camino en la final ante Alemania Federal. Al terminar el torneo, el reconocimiento fue total: Se llevó la Bota de Oro como máximo goleador (6 tantos) y el Balón de Oro al mejor jugador del Mundial.
Rossi había pasado del infierno al cielo en menos de un mes. Convertir el escarnio en gloria eterna es un privilegio reservado para los elegidos, y el italiano fue uno de ellos.

Un delantero con gran instinto
La trayectoria de Paolo Rossi es la historia de un superviviente. Formado en la Juventus, brilló inicialmente en el Lanerossi Vicenza, donde sus goles le permitieron ascender a la élite y debutar con la Azzurra. Fue en ese momento cuando se ganó el apodo de «Pablito».
Tras su sanción y el éxito en España 82, regresó a la Juventus, donde vivió sus mejores años a nivel de clubes. Junto a figuras como Michel Platini, formó una delantera legendaria, conquistando la Serie A, la Copa de Italia y la Recopa de Europa.
Sin embargo, su cuerpo empezó a sufrir las consecuencias de un juego físico y explosivo. A pesar de su éxito, las lesiones de rodilla fueron un lastre constante. Tras su paso por la Juve, sus etapas en el Milan y el Hellas Verona estuvieron marcadas por el declive físico. Pero, incluso en sus momentos más bajos, Paolo Rossi nunca perdió su esencia; era el tipo de jugador que, aunque tocara tres balones en 90 minutos, uno de ellos terminaría siempre al fondo de la red.
Del debut en Argentina 86 al legado eterno
A menudo se olvida que Paolo Rossi no fue un jugador de un solo torneo. Su primera gran irrupción fue en el Mundial de Argentina 1978, donde ya se mostró como un delantero letal, ayudando a Italia a alcanzar el cuarto puesto anotando tres goles.
España 82 fue su cénit, pero su carrera internacional continuó hasta México 86, donde, ya mermado por las lesiones, no pudo repetir la magia de cuatro años atrás. Aun así, su figura ya era intocable en el panteón del fútbol mundial.
Su fallecimiento en diciembre de 2020 me produjo una tristeza profunda. No solo se iba un futbolista, se iba una parte de mi juventud y el símbolo de esa Italia de 1982 que conquistó el mundo ante mis ojos de adolescente. El legado de Paolo Rossi trasciende sus números.
Nos enseñó que, incluso cuando cometes un error, siempre existe la posibilidad de redención. Para nosotros, los que vivimos aquel verano con la radio encendida o frente al televisor, Paolo Rossi será siempre el hombre que transformó el «milagro» en realidad. Su nombre seguirá resonando en cada charla de café, recordándonos que, en el fútbol como en la vida, nunca hay que dar a nadie por acabado.
Imagen principal: Paolo Rossi festeja un gol en el Mundial de España 1982. Foto: El Gráfico / Dominio Público.





