Lo sucedido con Ronaldo Nazário en la final de 1998 sigue siendo un misterio.

¿Qué le pasó a Ronaldo Nazário antes de la final de 1998?

La Copa del Mundo está llena de historias rodeadas de misterio. Hoy hablaremos de lo acontecido con Ronaldo Nazário en la previa a la final del Mundial 1998, un suceso que paralizó al planeta fútbol y cambió el destino de una de las finales más extrañas de todos los tiempos.

Aquel 12 de julio de 1998, el Stade de France se vestía de gala para el choque definitivo entre la selección anfitriona, Francia, y el vigente campeón, Brasil. Todas las miradas se centraban en el dorsal número 9 de la ‘Canarinha’. Ronaldo llegaba como la gran estrella indiscutible del fútbol mundial. A sus 21 años, el «Fenómeno» se encontraba en su mejor momento deportivo: venía de firmar una temporada estratosférica con el Inter de Milán y acumulaba cuatro goles y tres asistencias a lo largo del torneo.

Era un atleta física y técnicamente imparable. Sin embargo, horas antes del pitido inicial, el destino de Brasil dio un vuelco dramático en la intimidad de un hotel de concentración.

El «Fenómeno» que dominaba el planeta

Para entender la magnitud del impacto del «Caso Ronaldo«, es obligatorio contextualizar qué significaba el delantero de Río de Janeiro en el verano de 1998. Tras deslumbrar al mundo en el PSV Eindhoven y firmar una temporada irrepetible en el FC Barcelona, su fichaje por el Inter de Milán lo consolidó como el futbolista más desequilibrante desde la época de Diego Armando Maradona.

Ronaldo no solo era el vigente Balón de Oro; era el icono global de una generación, la cara de campañas multimillonarias y el líder absoluto de un Brasil que buscaba su quinta corona. Durante el torneo en territorio francés, su rendimiento justificó todas las expectativas.

Destrozó defensas en la fase de grupos, anotó un doblete en los octavos de final contra Chile, dio una asistencia clave frente a Dinamarca en cuartos y firmó un gol antológico en las semifinales ante los Países Bajos, definiendo con frialdad ante Van der Sar y anotando su correspondiente penalti en la tanda decisiva.

Brasil llegó a la final con la confianza por las nubes, sabiendo que poseía un arma destructiva inigualable. El bicampeonato parecía un trámite para un equipo que desbordaba talento con Rivaldo, Roberto Carlos, Cafú y Bebeto custodiando a su joven estrella.

Pánico en la habitación 290

El epicentro de la tragedia se situó a unos 40 kilómetros de París, en el lujoso hotel Château de Grande Romaine, el fortín elegido por la Confederación Brasileña de Fútbol (CBF). Tras cumplir con el almuerzo protocolario del mediodía junto al resto del plantel, los futbolistas recibieron la orden del cuerpo técnico de retirarse a sus respectivas habitaciones para descansar y realizar la tradicional siesta previa a los partidos de alta exigencia.

Pocos minutos después de acostarse, la tranquilidad del recinto se rompió por completo en la habitación 290. Mientras dormía profundamente, Ronaldo Nazário comenzó a sufrir una severa crisis convulsiva acompañada de rigidez muscular, sacudidas violentas y pérdida total de la consciencia. El primer testigo directo del suceso fue su compañero de cuarto y amigo íntimo, Roberto Carlos.

Creyendo que el delantero estaba sufriendo un ataque cardíaco en ese mismo instante, el lateral izquierdo salió corriendo de la habitación descalzo, gritando desesperadamente por los pasillos coloniales del hotel para alertar a cualquiera que estuviera cerca.

Los médicos de la selección, liderados por el experimentado doctor Lidio Toledo y el terapeuta Joaquim Da Mata, llegaron al lugar poco después para administrar los primeros auxilios y estabilizar los signos vitales del astro.

Tras unos angustiosos minutos que parecieron eternos, Ronaldo recuperó la consciencia, pero se encontraba en un estado de letargo profundo, sumido en una confusión mental absoluta y sin recordar absolutamente nada de lo que acababa de acontecer en su propio cuerpo. El ambiente de total desasosiego dejó al plantel brasileño completamente quebrado y con el susto todavía en el cuerpo.

Ronaldo Nazário titular en la final de 1998

Sin un diagnóstico claro y con el fantasma de una tragedia médica sobre la mesa, el doctor determinó que Ronaldo debía ser trasladado de urgencia a la prestigiosa Clínica de Lilas, en París, para someterse a exhaustivas pruebas neurológicas, electrocardiogramas y resonancias magnéticas que descartaran daños cerebrales o problemas cardíacos congénitos.

Mientras Ronaldo era evaluado por especialistas franceses en mitad de la tarde, el director técnico de la ‘Verdeamarela’, el veterano Mario Lobo Zagallo, se vio obligado a reestructurar su plan de juego de forma drástica. Reunió al equipo en el vestuario del Stade de France y, con lágrimas en los ojos, anunció que el «Fenómeno» no estaba en condiciones de saltar al terreno de juego.

A las 19:48 horas, exactamente una hora y doce minutos antes del pitido inicial, los oficiales de la FIFA distribuyeron la alineación oficial de Brasil a las agencias de prensa internacionales y a los comentaristas de televisión de todo el planeta. El impacto fue sísmico: Ronaldo Nazário no aparecía ni en el once titular ni en el banquillo de suplentes; su lugar en la delantera lo ocupaba Edmundo.

El anuncio sumió al centro de prensa internacional en un estado de shock absoluto, desatando rumores de todo tipo. Sin embargo, el guion de esta historia guardaba un giro dramático de última hora. Cerca de las 20:10 horas, los exámenes médicos realizados en la clínica parisina arrojaron resultados sorprendentemente limpios: no había anomalías neurológicas ni cardíacas.

Con el papel de alta médica firmado en la mano, un Ronaldo obsesionado con la gloria se presentó directamente en los vestuarios del Stade de France cuando el resto de sus compañeros ya realizaba los ejercicios de calentamiento sobre el césped.

Ronaldo se dirigió directamente al despacho de Zagallo y, en una tensa reunión donde también estuvo involucrado el icónico coordinador técnico Zico, exigió su derecho a jugar el partido de su vida, argumentando que los médicos no habían encontrado nada malo y que él se sentía en la obligación moral de defender a su país.

Presionado por la magnitud del escenario, el peso del patrocinio y el clamor del propio futbolista, Zagallo cedió en el último suspiro. Edmundo fue devuelto al banquillo y el ‘9’ saltó al campo.

La superioridad de la Francia de Zidane

La inclusión forzada y desesperada del delantero no sirvió para obrar un milagro; al contrario, desnudó por completo las costuras de un grupo que arrastraba un impacto emocional devastador. Desde el pitido inicial, quedó en evidencia que Brasil jugaba con diez hombres y con la mente puesta en el drama médico de la tarde.

Sobre el césped deambuló una versión fantasmal e irreconocible de Ronaldo Nazário: se le vio lento de reflejos, incapaz de trazar sus explosivos cambios de ritmo y completamente desconectado de los circuitos de juego de Rivaldo y Bebeto.

Para colmo, en una de las pocas acciones de peligro en las que intervino, chocó violentamente contra el guardameta galo Fabien Barthez, quedando tendido en el suelo y encendiendo las alarmas de un banco de suplentes que temía lo peor.

Enfrente, la selección de Francia no tuvo piedad de la fragilidad psicológica de su rival. Guiados por una propuesta táctica impecable de Aimé Jacquet, los «Bleus» completaron una exhibición de fútbol total, dominando el centro del campo gracias a la agresividad de Didier Deschamps y Christian Karembeu.

El gran protagonista de la noche fue Zinedine Zidane, quien completó la actuación más icónica de su carrera deportiva. El mediapunta de la Juventus castigó con extrema dureza la pasividad y el desorden de la defensa brasileña en las acciones a balón parado.

En el minuto 27, Zidane conectó un soberbio cabezazo tras un saque de esquina cobrado por Petit para batir a Cláudio Taffarel y desatar la locura en las gradas. Justo antes del descanso, en el minuto 45+1, repitió la dosis con otro testarazo impecable a la salida de un córner ejecutado por Youri Djorkaeff.

Con el 2-0 abajo y la moral por los suelos, la segunda mitad fue un monólogo de impotencia por parte de Brasil. En los últimos suspiros del encuentro, en el minuto 93, Emmanuel Petit culminó un contragolpe perfecto para sellar el definitivo 3-0. Francia se coronaba campeona del mundo por primera vez en su historia en una noche de fiesta nacional, mientras los jugadores brasileños lloraban en el campo, conscientes de que habían perdido la final en una habitación de hotel mucho antes de que el balón comenzara a rodar.

Ronaldo Nazário sobre lo sucedido

El misterio que envolvió aquella jornada dio pie a decenas de teorías de la conspiración durante años. Se llegó a rumorear en el Congreso de Brasil que la multinacional Nike había obligado a Ronaldo a jugar bajo amenaza de rescindir su contrato, o que el futbolista había sido infiltrado con un cóctel de analgésicos que le provocó una reacción adversa en el sistema nervioso.

Para disipar los mitos, los propios protagonistas aclararon los hechos con el paso del tiempo en diversas comparecencias y entrevistas: Ronaldo Nazário: «Decidí descansar después del almuerzo y lo último que recuerdo con claridad es que me iba a acostar. Me dormí y luego tuve una convulsión que duró entre treinta y cuarenta segundos. Me desperté mareado, rodeado de compañeros y del doctor. Nadie quería decirme qué estaba pasando en realidad, me decían que me había dado un golpe. Los exámenes en la clínica no mostraron nada alterado en el cerebro ni en el corazón. Fui al estadio, busqué a Zagallo y le dije: ‘Tengo los exámenes médicos, estoy bien, no tengo nada. Quiero jugar’.

Roberto Carlos: «Ronaldo tenía un miedo terrible de lo que pudiera pasar en esa final; la presión sobre sus hombros era gigante, era el centro del mundo. El estrés acumulado era tremendo. Cuando lo vi en el suelo de la habitación temblando y con espasmos violentos, perdí los papeles. Salí corriendo y gritando por los pasillos del hotel: ‘¡Ronaldo se muere, Ronaldo se muere!’. Fue un trauma enorme para todos nosotros antes de subir al autobús. Fuimos al estadio pensando en la salud de nuestro amigo, no en el partido«.

Aquel fatídico 12 de julio de 1998 dejó una lección imborrable en los anales del fútbol sobre los límites del cuerpo humano y el brutal impacto de la presión psicológica en el deporte de alta competencia. Por fortuna para el balompié, el destino le guardaría una de las páginas de redención más hermosas de la historia al propio «Fenómeno», quien cuatro años más tarde disiparía todos los fantasmas del pasado al coronarse campeón del mundo y máximo goleador en el Mundial de Corea-Japón 2002.

Imagen principal de Ronaldo Nazário generada con Adobe Firefly.