Cuando uno piensa en la mítica selección de Holanda de 1974, le vienen nombres como Johan Cruyff, Ruud Krol o Johan Neeskens a la cabeza. Sin embargo, en el artículo de hoy, repasaremos la curiosa (y dramática) historia de Jan Jongbloed, el portero de La Naranja Mecánica, una figura de la que casi nadie se acuerda y, sin embargo, es de lo más interesante.
Jan Jongbloed: El amigo de Cruyff
La presencia de Jan Jongbloed en la lista de convocados para el Mundial de 1974 provocó un auténtico terremoto en la opinión pública de los Países Bajos. No era para menos. A sus 33 años, la única experiencia internacional del guardameta del modesto FC Amsterdam se reducía a unos escasos minutos en un amistoso disputado doce años antes, en 1962.
La prensa y la afición clamaban por la titularidad de Jan van Beveren, el extraordinario portero del PSV Eindhoven, considerado por el gran público como el mejor especialista puro del país bajo los palos. Sin embargo, Van Beveren quedó fuera de la cita mundialista en medio de un clima enrarecido.
Los rumores y las críticas feroces no tardaron en arreciar sobre la figura de Jongbloed: se le acusaba abiertamente de acudir al torneo y de arrebatar el puesto de titular por ser amigo íntimo y compañero de timba de cartas del líder absoluto del vestuario, Johan Cruyff.
La realidad, no obstante, escondía una justificación táctica que anticipó el fútbol del siglo XXI. Rinus Michels no buscaba al mejor atajador de reflejos felinos, sino a un guardameta capaz de integrarse en el «Fútbol Total«. Jongbloed había comenzado su carrera como extremo en su juventud, lo que le otorgaba una habilidad inusual con los pies fuera del área.
En un sistema que asfixiaba al rival adelantando la línea defensiva casi hasta el centro del campo, Michels necesitaba un portero que actuara como un líbero moderno, barriendo los balones largos a la espalda de los defensas.
Jongbloed dominaba ese registro a la perfección; jugaba con una sangre fría pasmosa, a menudo sin guantes, y lució con orgullo un extravagante dorsal número 8 a la espalda que rompía todos los moldes establecidos.

El portero de las dos finales perdidas
A pesar de las suspicacias iniciales, el rendimiento de Jongbloed durante el Mundial de 1974 fue notable, manteniendo su portería imbatida durante gran parte del torneo gracias al abrumador dominio de sus compañeros.
Sin embargo, el destino le reservaba la primera gran cicatriz deportiva en la final de Múnich ante la Alemania Federal. El tempranero gol de penalti de Neeskens fue contestado por los bávaros con otra pena máxima anotada por Breitner, y al filo del descanso, un remate mordido e imprevisible de Gerd Müller superó a Jongbloed que se quedó haciendo la estatua.
Aquel gol significó el 2-1 definitivo y el portero de la Naranja Mecánica quedó marcado para siempre.
Cuatro años más tarde, en el Mundial de Argentina 1978, la historia volvió a rimar de forma cruel. Ya sin Johan Cruyff en la expedición y bajo las órdenes de Ernst Happel, Jongbloed terminó bajo los palos en la histórica y hostil final de Buenos Aires ante la selección anfitriona.
El balón al poste de Rob Rensenbrink en el último suspiro pudo cambiar la historia, pero la prórroga castigó de nuevo a los neerlandeses (3-1). Jan Jongbloed se convertía de este modo en el portero de las dos finales perdidas, el rostro de la frustración de una generación irrepetible que acarició la gloria eterna en territorio enemigo.

Longevidad y problemas de visión
Si algo definió la carrera deportiva de Jan Jongbloed fue su inquebrantable resistencia al paso del tiempo, logrando batir récords de longevidad absolutamente asombrosos en el fútbol de élite neerlandés.
Se retiró de la actividad profesional en 1986, rozando los 46 años de edad, tras sufrir un infarto en pleno partido mientras defendía la camiseta del Go Ahead Eagles. Hasta el día de hoy, se mantiene como el jugador con más partidos disputados en la historia de la Eredivisie, sumando un total de 717 encuentros oficiales.
Esta asombrosa longevidad resulta aún más inverosímil al desvelarse uno de los secretos mejor guardados de su carrera: sus severos problemas de salud visual. Jongbloed padecía serias dificultades de visión que afectaban a su percepción de las distancias en los balones aéreos y en situaciones de luz artificial o días muy nublados.
En una época donde la medicina deportiva carecía de los avances actuales, el guardameta compensaba esta deficiencia basándose puramente en su portentosa intuición, su colocación milimétrica y una lectura del juego privilegiada que le permitía anticiparse a las jugadas antes de que el balón llegara a su posición.

La mayor de las tragedias de Jan Jongbloed
Sin embargo, ninguna crítica periodística, ningún gol encajado en una final mundialista ni ningún bache de salud se pueden comparar con el drama personal que partió la vida de Jan Jongbloed en dos para siempre. Su hijo, Eric, había decidido seguir los pasos de su progenitor y se desempeñaba con gran proyección como portero en las categorías regionales del DWS Amsterdam, el club donde su padre había iniciado su carrera.
El 23 de septiembre de 1984, durante la disputa de un partido amistoso bajo una intensa tormenta eléctrica, la fatalidad más absoluta golpeó el terreno de juego. Un rayo fulminante impactó directamente sobre el césped, alcanzando el cuerpo del joven Eric, quien falleció en el acto a la edad de 21 años.
La noticia sumió a Jan en una profunda depresión y en un luto que arrastraría durante el resto de sus días. El fútbol, que hasta entonces había sido su gran vía de escape y el escenario de sus mayores gestas, se transformó de repente en el recordatorio perpetuo de la pérdida más dolorosa que puede afrontar un padre.
¿Por qué jugaba con el dorsal 8?
La historia de por qué Jan Jongbloed llevaba el dorsal 8 en el Mundial de 1974 es una de las anécdotas más puras del fútbol de los años 70 y se debió a una mezcla de estricto orden alfabético y a la tremenda jerarquía de Johan Cruyff.
Para esa Copa del Mundo, la federación de los Países Bajos decidió asignar los dorsales de la plantilla siguiendo el orden alfabético de los apellidos de los futbolistas. Por esa regla matemática, los números se distribuyeron de la A a la Z sin importar la posición en el campo. De hecho, el número 1 le tocó al delantero Ruud Geels y el 2 fue para el centrocampista Arie Haan. A Jongbloed le correspondió el 8.
Sin embargo, hubo una única excepción que rompió la norma. Por orden alfabético, a Cruyff le habría tocado el número 7, pero el capitán e icono indiscutible de la selección quiso mantener su sagrado dorsal 14, con el que ya había hecho historia en el Ajax.
El legado del portero de La Naranja Mecánica
Jan Jongbloed falleció en agosto de 2023 a los 82 años de edad, dejando tras de sí un legado repleto de luces y sombras, de incomprensión y de vanguardia.
La mayoría de expertos del fútbol siguen señalando al portero de la Naranja Mecánica como el punto débil de una de las mejores selecciones de la historia, y es innegable que su figura siempre estará ligada a la melancolía de las oportunidades perdidas en Múnich y Buenos Aires.
Pero reducir la figura de Jongbloed a un mero acompañante de la corte de Johan Cruyff sería una injusticia histórica. Fue el pionero indiscutible de los porteros-líberos, un guardameta que desafió las leyes de la lógica jugando al más alto nivel con problemas de visión y un competidor eterno que demostró que el fútbol, en última instancia, es un reflejo de la vida misma: una sucesión de revoluciones hermosas interrumpidas por golpes trágicos e inesperados.
Imagen principal: Jan Jongbloed encaja el penalti de la final del Mundial 1974. Foto: Bert Verhoeff / Anefo / CC BY-SA 4.0

Filólogo. Amante del fútbol histórico. El que tuvo la idea de hacer todo esto.




