El partido del siglo entre Italia y Alemania en el Mundial de México 1970.

«El partido del siglo»: el mejor de la historia de los Mundiales

El 17 de junio de 1970, el Estadio Azteca de la Ciudad de México fue el escenario de el partido del siglo, una semifinal de la Copa del Mundo entre Italia y Alemania Occidental que redefinió los límites de la épica deportiva.

Aquella tarde, ante más de 100.000 espectadores, ambos equipos se entregaron a una batalla monumental que trascendió el aspecto táctico para convertirse en una obra de arte dramática. El resultado final, un 4-3 a favor de la escuadra italiana tras treinta minutos de prórroga salvajes, quedó grabado a fuego como uno de los mejores partidos de la Copa del Mundo.

A día de hoy, una placa de bronce conmemorativa en las paredes del coloso mexicano recuerda la hazaña a las nuevas generaciones de aficionados. No es para menos. El partido no solo coronó a una generación de futbolistas excepcionales, sino que demostró al planeta entero la capacidad del balompié para generar una tensión casi insoportable.

Placa conmemorativa del Partido del Siglo en el Estadio Azteca.
Placa conmemorativa del Partido del Siglo situada en el Estadio Azteca. Foto: Wikimedia Commons / Dominio Público.

En un torneo marcado por el juego vistoso del Brasil de Pelé, italianos y alemanes reclamaron su propia cuota de gloria eterna con noventa minutos de pura contención y una media hora posterior de bendita y absoluta locura.

Italia 4 Alemania 3

La Copa del Mundo de México 1970 ya estaba siendo histórica por su nivel técnico, el uso de las tarjetas por primera vez y las retransmisiones a color, pero la segunda semifinal presentaba un choque de trenes de pronóstico reservado.

Italia llegaba como la vigente campeona de Europa tras su triunfo en 1968, exhibiendo su tradicional solidez defensiva y un bloque muy compacto. Por su parte, Alemania Occidental, con el subcampeonato de 1966 todavía doliendo en el orgullo, lucía un ataque demoledor comandado por el olfato goleador de Gerd Müller y la elegancia de un joven Franz Beckenbauer.

El ambiente en los días previos era de máxima expectación. El desgaste físico de jugar a más de 2.000 metros de altitud y bajo un sol de justicia preocupaba a los preparadores físicos, pero los futbolistas saltaron al césped dispuestos a no reservarse nada. Italia buscaba regresar a una final mundialista por primera vez desde sus éxitos en los años 30. Alemania Occidental quería demostrar que el fútbol de pegada y pundonor germano estaba listo para dominar el planeta. Las cartas estaban sobre la mesa.

El encuentro comenzó de cara para los italianos gracias a un gol tempranero del delantero Roberto Boninsegna en el minuto 8 de juego, tras aprovechar un balón suelto en la frontal del área y batir al guardameta Sepp Maier con un potente disparo. A partir de ese momento, Italia activó su plan favorito: replegar filas, cerrar espacios y encomendarse a la seguridad de su portero, Enrico Albertosi. Alemania Occidental lo intentó de todas las formas posibles durante el resto del encuentro, chocando una y otra vez contra un muro azul infranqueable.

Cuando el árbitro peruano Arturo Yamasaki ya se preparaba para pitar el final del partido en el minuto 92, y mientras los corresponsales de la televisión alemana ya se despedían del torneo, ocurrió el primer milagro de la tarde. El defensor alemán Karl-Heinz Schnellinger, un hombre que curiosamente jugaba en la liga italiana y que jamás había marcado un gol con su selección nacional, se incorporó a la desesperada al ataque y remató con el alma un centro desde la banda izquierda para batir a Albertosi. Era el 1-1. Los italianos no se lo podían creer; los alemanes habían forzado la prórroga en el último suspiro del tiempo reglamentario.

Una prórroga para la historia

Lo que sucedió en la prórroga de el partido del siglo escapa a cualquier lógica futbolística previa o posterior. Rompiendo con el desgaste físico extremo provocado por el calor y la altura, ambos equipos se lanzaron al ataque con un intercambio de golpes brutal. La prórroga se convirtió en un festival del gol donde la ventaja cambiaba de bando cada pocos minutos, desatando la histeria colectiva en las gradas del Estadio Azteca.

  • Minuto 94 (1-2): Gerd Müller aprovechó un monumental despiste entre el defensa Poletti y el portero Albertosi para meter la puntera tras un saque de esquina y adelantar a los alemanes.

  • Minuto 98 (2-2): Italia reaccionó rápido. Tarcisio Burgnich cazó un balón rebotado tras una falta mal despejada por la zaga germana y fusiló a Maier para devolver las tablas.

  • Minuto 104 (3-2): Justo antes del breve descanso de la prórroga, el delantero estrella de la Azzurra, Gigi Riva, firmó una obra de arte al recortar en el área y cruzar el balón con un zurdazo perfecto. Italia se ponía de nuevo por delante.

Beckenbauer con el brazo en cabestrillo

Si el partido necesitaba un elemento dramático definitivo para elevarse a los altares del deporte, ese fue el sacrificio de Franz Beckenbauer. Promediando el segundo tiempo, el ‘Káiser’ sufrió una durísima entrada cerca del área italiana que le provocó una dolorosa dislocación del hombro derecho.

El gran problema era que la selección de Alemania Occidental ya había agotado los dos cambios permitidos por el reglamento de la época. Dejar el campo significaba dejar a su equipo con diez hombres en el momento más crítico de la semifinal.

Demostrando una valentía de leyenda, Beckenbauer se negó a abandonar a sus compañeros. Los médicos de la selección le vendaron fuertemente el brazo derecho pegado al cuerpo a modo de cabestrillo improvisado para inmovilizar la articulación.

De esa guisa, soportando un dolor tremendo en cada zancada y en cada choque, el mítico futbolista alemán disputó toda la prórroga. Ver al dorsal número 4 germano liderar las transiciones de su equipo con un solo brazo útil es, sin duda, una de las imágenes más icónicas e imperecederas de la historia de la Copa del Mundo.

El decisivo gol de Rivera

La segunda mitad de la prórroga mantuvo el guion de taquicardia. En el minuto 110, el incombustible Gerd Müller conectó un soberbio cabezazo a la salida de un córner que el centrocampista italiano Gianni Rivera, situado bajo los palos, no acertó a despejar correctamente. Era el 3-3 y parecía que el partido estaba irremediablemente abocado a decidirse por el lanzamiento de una moneda, ya que las tandas de penaltis aún no se habían implementado en los Mundiales.

Sin embargo, la gloria guardaba un último giro de guion apenas sesenta segundos después. En la jugada inmediatamente posterior al saque de centro, Italia trenzó una combinación rápida por la banda izquierda. Boninsegna llegó a la línea de fondo y puso un pase raso hacia atrás al corazón del área. Allí apareció, libre de marca y redimiéndose de su error anterior, Gianni Rivera.

El «Bambino de Oro» acarició el esférico con el interior de su bota derecha, engañando por completo a Sepp Maier para colocar el definitivo y legendario 4-3. Los diez minutos restantes fueron un ejercicio de resistencia numantina de los italianos ante las acometidas desesperadas de una Alemania extenuada.

El legado de una semifinal inmortal

Cuando sonó el pitido final, los futbolistas de ambos bandos se desplomaron sobre el césped del Estadio Azteca, completamente vacíos de energía pero conscientes de haber formado parte de algo irrepetible. Italia lograba el ansiado pase a la final, aunque el tremendo desgaste pagado aquella tarde les pasaría factura pocos días después, cayendo derrotados con claridad ante el Brasil de Pelé (4-1). Alemania, por su parte, se marchaba a casa con el bronce tras vencer a Uruguay, arropada por la admiración unánime del planeta fútbol.

Años después del encuentro, las crónicas periodísticas y los protagonistas coinciden en que aquel 17 de junio el fútbol adquirió una dimensión mística. El partido del siglo no se recuerda por la pizarra táctica de los entrenadores o por los errores defensivos que propiciaron el abultado marcador; se recuerda por el corazón, el coraje y la entrega absoluta de veintidós atletas legendarios que se negaron a perder.

Para los coleccionistas de la historia de los Mundiales, aquellos noventa minutos de contención y treinta minutos de locura en México siguen representando la esencia más pura del deporte rey.

Imagen principal: Los italianos celebran uno de los goles en el Partido del Siglo. Foto: El Gráfico / Dominio Público.

Temas Relacionados: